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Reseña de La Dependienta Si no puedes seguir el ritmo de los demás, estás perdido.

Hace un tiempo, en una reunión obligatoria de empresa, noté la presencia de dos mujeres que nunca antes había visto. Su presencia resaltaba en la sala a simple vista, como si las hubieran marcado a conciencia con un marcador fluorescente, porque su edad era superior a la media de los que allí nos encontrábamos sentados. Más tarde, uno de mis compañeros me chivó en privado: “Mira, tú y yo estamos en los años de estar trabajando en estas cosas, pero ellas…”

Sin miramiento alguno nos echó en el mismo saco, creyendo que él y yo teníamos lo suficiente en común; me hizo cómplice pues ambos somos jóvenes, ambos estamos estudiando y ambos sabemos de sobra que este trabajo es un pasatiempo hasta encontrar algo mejor. En cambio, esas mujeres eran mujeres entradas en sus cuarenta que se mantenían con un empleo a medio tiempo.

Esto ocurrió mucho antes de que la obra de Sayaka Murata, La dependienta, cayera en mis manos. Aún así, ha sido imposible para mí no evocar este recuerdo mientras leía.

Murata tiene una pluma ágil y consigue transmitir con un tono directo el vacío que persiste en el alma de su protagonista: una mujer que lleva dieciocho años trabajando en un konbini, típica tienda local de alimentación y productos variados. Casi dos décadas en un trabajo a tiempo parcial con sueldo acorde que Keiko Furukura, de treinta y seis años, eligió a consciencia. Ella no quiere buscar otro empleo mejor remunerado ni con más horas, Keiko vive por y para la tienda. Es, simplemente, una dependienta.

La obra muestra la obsesión que embriaga a Keiko y como toda su existencia gira entorno al konbini. Evidentemente, sus seres queridos expresan desacuerdo y se sienten extrañados, le preguntan a la mujer cuándo va a buscar otro empleo. La necesidad de otro empleo es algo que Keiko no entiende, pero sus allegados lo justifican rápidamente: tiene ya treinta y seis años, debería casarse o tener hijos.

- Tiene treinta y cinco años, ¿no? No tiene edad para estar trabajando en un konbini.
- Está acabado. Es un fracasado, un lastre para la sociedad. En esta vida, todos tenemos la obligación de establecer un vínculo con la sociedad, ya sea trabajando o formando una familia." (45)

La Dependienta es una historia breve e inconclusa, así como la vida de su protagonista. Murata no da rodeos y va directa al grano con un mensaje muy potente sobre la alineación del trabajador y las presiones heredadas de una sociedad tremendamente capitalista.

Keiko está completamente absorbida por su trabajo, come, viste y vive en base a lo que la tienda necesita. Concepto que acuñó siglos atrás mi buen amigo Marx como “trabajo enajenado”.

“Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana”

Karl Max, Manuscritos económicos y filosóficos, Primer Manuscrito: IV. El trabajo Enajenado.

Las comparaciones entre las reflexiones marxistas y La Dependienta me podrían llevar horas de las cuales carezco, pero recomiendo echarle un vistazo a las teorías de Marx básicas tras leer esta obra.

La Dependienta nos expone el lado visceral de la sociedad nipona, lobotomizada por el capitalismo más agresivo: tu cuerpo debe servir a la sociedad. Desde una lectura horizontal, no tardamos en llegar al feminismo: el cuerpo de la mujer como objeto. Los cuerpos femeninos están al servicio de la sociedad, más aún que los cuerpos masculinos, pues su única función es procrear y seguir lubricando la maquinaria capitalista hasta el fin de los días. Un fin que parece cada vez más cerca. Keiko es avasallada por comentarios típicos que cualquier mujer pasados los veinte ha tenido que escuchar, el clásico “se te pasa el arroz”. El cuerpo femenino solo tiene dos funciones en una sociedad misógina y capitalista: placer y procreación. El Capitalismo se alimenta sin pudor de la misoginia, se benefician mutuamente. Keiko es oprimida por su trabajo, por su edad y por su género.

Desde una lectura de género, la obra de Murata da muchísimo juego. Podría hablar horas y horas de la crítica férrea que hace al aspecto más misógino de la sociedad japonesa, país conocido por sus problemas de acoso sexual y discriminación de género.

Al adentrarse en la ficción asiática y, por lo tanto, en sus culturas, es fácil para el lector occidental tacharlo todo de “raro” y “exagerado”, abogando implícitamente que las costumbres y sociedades propias son superiores. Japón, en este caso, ha sido tanto objeto de fascinación como de burla. Aquellos lectores fuera del panorama nipón pueden pensar que su sociedad es misógina, superficial y capitalista hasta lo vomitivo. Si lo piensan, llevan razón. La Dependienta muestra esos aspectos vomitivos de Japón, pero cabe decir que el país del sol naciente no es, ni por asomo, el perro verde de la manada.

No sería inteligente entender La Dependienta solo como un retrato crudo de las complejidades intrínsecas en la sociedad japonesa. La Dependienta muestra la realidad de una sociedad mundial consumida por el capitalismo, donde todos y todas somos engranajes que deben permanecer útiles para el motor invisible de este.

“Un cuerpo maltrecho es “inútil” para el trabajo físico. Por muy responsable y aplicada que fuera, puede que yo también me convirtiera en un trasto inútil para la tienda cuando mi cuerpo envejeciera.” (55)

Lo último que mencionaría es la reflexión hacia la discriminación de los “cuerpos extraños”. Un conocido habló en su reseña de GoodReads sobre el probable Transtorno del Espectro Autista de la protagonista. Si tomamos esa vertiente, es fácil ver la relación: Keiko es un cuerpo extraño, su cerebro no es neurotípico y desentona con las expectativas sociales. Por ello, la sociedad la aparta.

“El mundo normal es un lugar muy exigente donde los cuerpos extraños son eliminados en silencio. Las personas inmaduras son expulsadas.” (53)

La lectura desde un punto de vista de la discriminación hacia las personas neurodivergentes me parece muy acertada. Desde mi punto de vista, los cuerpos extraños también se asemejan a mentalidades disidentes o a personas con problemas mentales como la depresión. Todos esos cuerpos extraños son marginados y expulsados de la sociedad, puesto que no se adaptan ni amoldan a lo que el sistema exige de ellos.

Mi opinión de la obra de Murata es positiva, aunque su final me haya dejado con un sabor agrio en la boca. De todas formas, así como se dice en cine, el guion lo exigía. La vida de Keiko es un ciclo que no conoce fin, una repetición constante de la mediocridad en la que ha sido alineada. La historia termina y comienza de la misma manera: con Keiko siendo simple y llanamente una dependienta.

Nota: 6.5/10

Ipsum 26/05/26

Bibliografía y enlaces de interés.